SECRETOS DE CASINOS REALES
Los casinos ya no dependen únicamente,
como una vez, de la mirada atenta de los inspectores
que circulan con aire despreocupado y vestidos de civil
por todas las salas. Los croupiers están advertidos.
Pero no todo el público; y es por eso que todavía
hay algún desprevenido capaz de intentar la picardía
de llevarse la ficha de $ 20 que ya jugó otra
persona, mientras coloca sobre el mismo número
su modesta pieza de 2 pesos.
Las
cámaras, implacables, registran todo, como se
ve en el filme “Raínman”, cuando
Dustin Hofman y Tom Cruise juega Black Jack en Las Vegas.
Basta un llamado del inspector desde el teléfono
de la sala al cuarto de video para que la atención
se concentre en esa mesa.
Hay
más o menos cantidad, con mayor o menor grado
de sofisticación técnica según
el casino. Aquí, en Europa, en Estados Unidos,
en Oriente o en el Caribe. Pero, sean públicos
o privados, todos los establecimientos hoy tienen cámaras.
Algunas sólo televisan, pero la mayoría
también graba y el video que registran, de cada
partida, será conservado por el término
de hasta dos semanas. Las imágenes son recibidas
en una oficina interna, que puede o no tener vista al
salón, detrás de falsos espejos o vidrios
opacos. Allí funciona un conjunto de aparatos
que haría las delicias de aquel Gene Hackman
de “La Conversación”.
Son
decenas y están capacitadas para producir, con
gran precisión y extrema calidad, cintas y fotografías
de un instante determinado. Ante una situación
considerada fuera de lo normal, una placa a todo color
tornará inapelable cualquier reclamo. Y si eso
todavía no fuera suficiente prueba, tendrán
guardado bajo la manga el video del ó los protagonistas
captados in fraganti.
En
Mar del Plata los equipos son muy generales pero igualmente
efectivos. Se introdujeron hace relativamente poco tiempo,
al punto que cuando en 1990 se realizó la famosa
investigación de la SIDE para desbaratar a un
grupo de pagadores inescrupulosos hubo que filmar la
operación desde una mirilla del cielorraso, a
la que se accedía a través de una falsa
viga antes de ingresar a lo que era la sala común.
Esa
sonada tarea de inteligencia permitió apartar
a un grupo de casi 300 empleados sobre una dotación
de 2.500. Entre ellos estaba el grupo de talladores
que preparaba los pases en los sabot de punto banca,
para lo cual recibían instrucción en una
“academia” que funcionaba fuera del casino.
Eran
verdaderos prestidigitadores. Parecía que mezclaban,
pero no lo hacían. Luego encerrada en la caja,
corte mediante, quedaba lista para aparecer la serie
de naipes acomodados. Con un simple llamado telefónico
pasaban la clave a sus cómplices:
“Después
del rey de trébol vienen las bancas'. No hacía
falta mucho. Seis ó 7 pases jugados al máximo
eran suficientes para hacer una buena diferencia.
QUIEN
ES QUIEN
Los
responsables de los casinos se empeñan en restarle
importancia al rol de los equipos de supervisión.
Quizá teman que los jugadores puedan sentirse
intimidados si llegan a tomar conciencia de que son
observados. Ellos prefieren hablar de la tecnología
que utilizan en función del servicio que les
presta para mejorar el gerenciamiento del negocio.
Los
grupos privados que operan casinos con modernos criterios
de marketing consideran clave conocer a sus clientes.
Los grandes ¡jugadores, aquellos capaces de apostar
200.000 dólares en una noche, no son muchos y
están individualizados. Se los disputan los megaresorts
de Las Vegas, los exclusivos casinos de la Costa Azul
y los clubes privados de Londres, porque en un par de
incursiones les pueden asegurar el resultado de todo
un año.
La
clave, para los responsables de marketing, está
en detectar a otro grupo de jugadores, quizá
menos espectaculares, pero que con una presencia más
ó regular, pueden proporcionar el mismo efecto.
Pero,
¿Cómo hacen para saber cuál es
el ritmo de juego de cada apostador? Con los grandes,
por lo general, comparten información entre los
distintos establecimientos. Por caso, cuando se presenta
un personaje en algún casino de la Costa Azul,
desde allí marcarán un número con
el prefijo 702 de Las Vegas para averiguar “¿cuánto
vale?”.
La
respuesta es de vital relevancia, porque tanto en los
Estados Unidos como en varios casinos europeos se manejan
con crédito. Y hay que ponerle un número
a cada cliente. En el filme “Propuesta indecente”,
se lo ve a Robert Redford en una mesa de Black Jack
en Las Vegas pidiendo a un empleado del casino que le
traiga un millón de dólares en fichas.
Con
los grandes jugadores es relativamente sencillo. Pero
individualizar a los apostadores de 5.000 dólares
entre la legión que noche tras noche visita un
casino requiere un trabajo sistemático. Una de
las formas que se utilizan los hoteles-casino es invitar
al público a que se haga rankear el juego, y
para seducirlo le ofrecerán algunas atractivas
recompensas. El requisito es permanecer por lo menos
cuatro horas diarias dentro del casino, jugando. No
deben ser consecutivas, desde, ya. Pero el total de
las incursiones en las mesas y las máquinas tragamonedas
no debe bajar de cuatro horas.
Y,
¿cómo hacen para saber cuánto es
lo que uno juega? Simple. Le darán una tarjeta
plástica, similar a las tarjetas de crédito,
que deberá presentar al inspector cada vez que
juegue en una mesa o en una máquina. Ese inspector
confeccionará un cupón y. tras observarlo
unos minutos, lo llenará con la cifra promedio
de juego. Cuando termina de jugar, avisa que se retira.
Todos esos datos se ingresan a una terminal de computadora
y al final de la estadía debe presentarse al
mismo escritorio donde le dieron la tarjeta.
El
hombre de marketing ingresará su número
clave y en pocos segundos tendrá el veredicto:
“Usted jugó 4 días. Estuvo 10.15
horas en las máquinas jugando un promedio de
1,75 dólar y 6.22 horas en las mesas, con un
promedio de 56 dólares.
Esto
significa que el casino se hará cargo de su cuenta
del hotel. ¿Está bien?”.
Magnífico.
Sin importar si uno ganó o perdió, le
están regalando el equivalente a 600 dólares,
por el hecho de haber jugado a ese ritmo durante 4 horas
diarias. La pregunta obligada es cuánto hace
falta para que a uno lo inviten no sólo con la
habitación, sino con todo el resto. La respuesta
es, el doble.
SIN
LÍMITE
De
allí en más, las recompensas pueden llegar
a que lo inviten para regresar, ocupándose el
casino de su transporte y buscarlo en limousine al aeropuerto.
Lo alojarán en una suite y no deberá preocuparse
por los gastos. Todo lo que debe hacer para eso es jugar
a un determinado ritmo.
¿Cuál
es el secreto para tanta generosidad? La competencia.
El casino sabe, por las estadísticas históricas,
que en promedio de cada 100 dólares que uno cambia,
25 quedarán para ellos: 18 dólares para
la banca y otros 7 para caja de empleados.
Alguno
ganará, otro perderán. Pero, en promedio,
el 25% de todo lo que se cambia para jugar queda allí.
Y si un jugador cambia 2.000 dólares diarios
para apostar, eso significa que en teoría está
contribuyendo con 500 dólares. Por lo tanto,
a los responsables de ese casino les interesará
que juegue en sus mesas y no en las de otro establecimiento.
Otra
forma de marketing, pero con el mismo sistema, es el
de las invitaciones a través de los ‘junkets”.
Así se llama a las personas que llevan invitado
a un grupo de jugadores previo depósito de una
suma determinada. Por ejemplo, para lograr una invitación
a un casino-hotel de Las Vegas, 20.000 dólares.
Una vez allí, esa cifra será su crédito.
Hay que cambiar fichas y jugarlas. Vigilarán
su promedio de juego, por hora y por día. No
importa que gane o pierda. El casino sabe que si ese
grupo tiene 10 personas, la ganancia será de
50.000 dólares. Aún deduciendo gastos,
incluida la comisión de 10% sobre las pérdidas
reales del grupo que se llevará el junket, el
margen es impresionante.
La
política varía según el casino.
Pero el objetivo es el mismo: hacer que el jugador se
sienta cómodo y se convierta en un cliente habitual.
Por eso es que si alguna vez advierten que perdió
más de la cuenta, probablemente intentarán
devolverle una parte a través de un obsequio.
Por lo general es un tercio.
Una
vez en Las Vegas un jugador se encontró una Maserati
en la puerta del hotel luego de haber perdido 300.000
dólares la noche anterior. La esposa de otro
cliente que dejó 45.000 dólares en la
mesa de dados recibió un abrigo de piel en la
habitación. Se presta mucha atención a
estos detalles porque existe el riesgo de que un jugador,
después de perder un par de veces, decida probar
fortuna en otro casino.
Otra
forma menos elegante de seducir a los potenciales clientes
es a través de propuestas de este tipo: le ofrecemos
10% de descuento sobre sus pérdidas. No son los
grandes casinos los que las publicitan. Y desde el punto
de vista del marketing no es bueno mencionarle a un
jugador la posibilidad de perder. Aún así,
hay quienes se tientan con obtener esa recompensa. Personalmente
creo que solo puede servir para capturar la atención
de jugadores derrotistas. Es preferible y de mejor gusto
un obsequio o una simple invitación a cenar,
en vez de recibir eventualmente parte del dinero perdido.
LAVADO
Es
imposible estar con un gerente o director de un casino
y no preguntarle por el tema del lavado de dinero. Previsiblemente
todos dicen que un existe, que es imposible. Pero cuando
ofrecen argumentos se entiende por qué.
Para
lavar dinero en un casino hay que entrar con billetes
y salir con un cheque que le confiera legitimidad al
origen de los fondos.
Todos
los movimientos de los casinos británicos están
celosamente vigilados por la comisión que controla
el juego. El rigor de la Gaming Aci de 1968 es tal que
una mera infracción de tránsito por parte
de un directivo puede significar que el establecimiento
pierda la licencia.
La
severidad de la legislación inglesa es consecuencia
de lo ocurrido en Londres desde la caída de Batista
en Cuba. Además de Las Vegas, el gangster Meyer
Lansky había puesto los ojos en Gran Bretaña.
Y el manejo discrecional que hicieron allí del
juego es el que provocó tan extrema reacción.
También
en Mar del Plata, según Nicolás Dafnos,
último gerente del casino cuando estaba bajo
la órbita de Lotería Nacional, y en los
casinos uruguayos, de acuerdo a Juan Molina, gerente
de Punta del Este, se sigue atentamente el movimiento
de dinero de los jugadores.
Si
alguien reclama cobrar una ganancia importante en cheque
debe especificar en qué mesa y cuándo
la ganó. ‘Nosotros sabemos si es cierto
o no”, asegura Molina, quien se jacta de su sistema
de control. Dice que puede saber, en cualquier momento,
el resultado de cada una de las mesas del casino que
funciona en el viejo edificio Nogaró. Recién
comprobada la autenticidad de la ganancia se le extenderá
un cheque al feliz afortunado.
En
Las Vegas, según Jesse Ferrell, director de Marketing
doméstico del Riviera, el celo de las autoridades
es aún mayor. Y, además, el gobierno federal
los obliga a informarles por escrito cuando se produce
un movimiento de efectivo superior a los 10.000 dólares.
Deben llenar un formulario similar al que se utiliza
para las operaciones bancarias que superan esa cifra.
La
única posibilidad de lavado de dinero que admiten
en Las Vegas es la del cambio de billetes chicos, el
dinero de la calle, por ejemplares de 100, que allí
circulan hasta en los negocios que venden hamburguesas.
Luego
de mucho hablar con los funcionarios de los casinos
se concluye que sólo una falta de controles adecuados
en el otorgamiento de las licencias y en la posterior
supervisión de los movimientos por parte de la
entidad responsable, sumado a la falta de escrúpulos
de los operadores del juego, puede hacer posible una
operación de lavado de dinero.
Pero
al jugador que va al casino a pasar un buen rato, este
tema difícilmente le interese. Por lo general
su preocupación pasa por que no le centrifuguen
el bolsillo.
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